Monday, May 28, 2012

12 días sin sol

A todo nos acostumbramos. A dormir poco y mal, a estar solos, comer de más, a comer de menos, a aburrirnos, a desbordar, a llorar a escondidas, a mirarnos al espejo sin misericordia, a gustarnos de vez en cuando. Incluso a esta niebla y a la falta de sol congénita. A todo. Y ya algunos nos cuestionábamos acerca de su ausencia, sobre todo hoy, cuando amanecimos cubiertos hasta la cintura por esta nube espesa. Demasiado cálida para desear seguir tapados, demasiado fría para quitarse la ropa. El pudor no existe cuando no se puede ver ni siquiera los propios dedos. La alerta del noticiero llega muy tarde, cuando ya todo era una costumbre. Y sí, la angustia. Hoy fue nostalgia, para los más sensibles, los artistas, los locos, los ancianos y los niños. Los ancianos temen que ahí nomás detrás de esta niebla insoportable, se asome la muerte, antes que el sol. O lo que es peor, sobrevenga el pasado, como una proyección atroz, que recuerde y recuerde, cuando tanto esfuerzo había hecho el colesterol en las arterias por olvidar todo. Los locos andan girando, pensando que esta vez sí, los demás, los cuerdos, esos locos sin nombre, puedan ver en esa pared blanca que se les cierne sobre las narices el mundo que ellos ven de cotidiano. Si lo lejos se vuelve cerca, a fuerza de la imposibilidad de mirar lo lejano, pues andarán todos en la misma ceguera. Ah, los ciegos, los ciegos, benditos los ciegos que no pueden ver la oscuridad. Los niños de golpe se agolpan junto a las ventanas, y que apareciera agosto cada vez que pulso dos letras no es casualidad, las casualidades no existen. Desde las ventanas juegan a adivinar los edificios que desaparecerán pronto y tambièn recuerdan, lo poco que tienen para recordar. A pesar de todo el esfuerzo que hicieron por disfrutar sus presentes contínuos, en esta tremenda continuidad de la nada que se obstina sobre todos, el pasado, el presente y el futuro se confunde. Y ellos, que todo lo tienen en futuro, se confunden también y añoran con la angustia de quien no tuvo nunca, eso que vivieron. Y nombran amigos, pero todo suena a vientre materno y a esa otra oscuridad también húmeda en la que todo era menos hostil y el sol estaba en ellos mismos. Los artistas escriben lo que pueden, otros pintan y bailan, claro. Se corren el velo de la inseguridad, tratan de achinar los ojos para conservar en sí el poco de luz que va quedando. Íntimamente, no lo dirán jamás, disfrutan mucho esa oscuridad en la que se sienten plenos. Son solubles en esa humedad extrema y se trasladan por toda la ciudad, casi como una peste maravillosa. Como las noches y los días se confunden, como se confunde todo, viven un sueño eterno de bares y papeles escritos por doquier. Detrás de todo el jazz y el carnaval, también como una continuidad ontológica que reivindica el quiebre eterno, en un sinfín de acordes armoniosamente disonantes. Todos los sensibles son disonantes. Entonces a todos en la niebla les cabe inmejorable la máscara roja, azul o negra. El color azul fue una sorpresa. Y detrás los ojos escondidos, que pueden llorar sin que nadie lo note. Recién podrá sentirse cuando caiga la lágrima por la mejilla, pero hay tanta humedad, tanta humedad, que ninguna caricia podría distinguirla. Pero una caricia sí, esa caricia única que salva, que cura, que sabe a tientas y no teme. Esa caricia única que puede leer en la oscuridad completa, y marcar la dirección exacta para seguir bailando, aunque las copas y las horas. Todos los que vagamos ciegos sin ser ciegos porque entonces no percibiríamos esta falta, descubriremos pues la valentía de permitirnos ser acariciados, incluso guiados, por esta manto de niebla pesada que ya quizá nunca se descorra. Y nos dejaremos llevar maravillados por entre serpentinas y trompetas. Y abriremos mucho los ojos, para percibir aunque sea los contornos desdibujados de esos múltiples colores que se entrecruzan. Y será esa mano, esa caricia, esa mismísima y descarnada melodía, de jazz, por supuesto, la que aún a pesar de la obstinación y la eternidad de la niebla, nos arranque de prepo de la soledad.

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